Estamos totalmente de acuerdo con la descripción, y la catalogación de José Mourinho como el prototipo de un sabio estoico realizada por Rodríguez Pardo. Y lo primero que sugiere el escrito es la feliz consecuencia de que aún existen los estoicos. Aún hoy en día, cuando aquellos insignes filósofos del Pórtico vivieron en los siglos previos al inicio de la era cristiana y durante los dos primeros de esa época imperial y romana. Luego, si un señor tan alejado, en principio de la filosofía académica como pueda ser nuestro portugués, puede ser relacionado con la filosofía estoica, al menos deberemos sorprendernos y sobre todo alegrarnos por la clara ubicuidad de dicha presencia.
El estoicismo moderno parece que viaja desde los soportales, y las puertas de las ciudades hacia las gradas, los banquillos y vestuarios de los campos de fútbol. Bueno es verlo. No sólo extendido hacia los despachos y las mesas de polvorientas bibliotecas, sino hacia estos campos de batalla futbolística existentes entre las ciudades hispanas.
El estoicismo existe, y ante esa constatación no podemos sino asentir. Estamos de acuerdo. Hay un sabio estoico, viajando por todas nuestras ciudades, y dando lecciones de un estoicismo moderno, aunque sea de carácter mundano más que de tono académico. Al menos por ahora, por lo que atañe al saber futbolístico, no hace falta una doctrina estoica escrita.
Y por ello, porque existe me congratulo en confirmarlo haciendo referencia a algunos hechos y doctrinas de aquellos vetustos habitantes del Pórtico, puesto que las diferencias además de notables, por ejemplo, en lo que se refiere a su religión, no hace falta subrayarlas.
Sabemos que los estoicos, sobre todo después de Posidonio, pero también antes, reconocían la existencia de los estados a pesar de su cosmopolitismo de sobra conocido. Ellos contemplaban a la polis imperial Roma como el estado por excelencia. Mourinho también reconoce la importancia de los estados políticos frente al relativismo imperante. Él, a propósito de un rifirrafe con el jugador del Barça Dani Alves, sostuvo, precisamente con un aplomo casi indecente ante el tribunal mediático, en una rueda de prensa, que fue Portugal quien conquistó los territorios que hoy conforman el país del Brasil, país natal del jugador de la ciudad condal.
El estado nacional político actual es esencial para que jugadores como Álves puedan haber tenido el conocimiento del juego deportivo del fútbol. Acaso en las sociedades bárbaras ajena a las sociedades políticas el juego con una pelota no existía, o acarreaba la muerte como entre los aztecas, situación aun peor.
Sin duda alguna, ese comentario no gustó entre esos jueces de facto, que no de iure, que son los oratores mediáticos de nuestra actual época en la que, a veces, un estoico puede poner los puntos sobre la íes. Es bien sabido que su carácter crítico no se desvanece con facilidad. Y que a veces ha debido llamar a algunos de esos individuos, garantes de la necedad (para usar el concepto empleado por José Manuel Rodríguez Pardo), «hipócritas». Como también es verdad, que se lo han merendado tanto por esta como por otras cuestiones. Aunque él mismo haciendo gala de una virtud eminentemente estoica, la prudencia, rectificó rápidamente y reconoció su error. Todo un sabio estoico que aguantó a los necios todo lo que pudo.
Y es que el fuego cruzado al que ese moderno estoico se tuvo que enfrentar disparaba con munición antimadridista de todos los calibres y posiciones. Realmente una munición poco honrosa para sus usuarios. Pues ni siquiera desde los medios presuntamente más cercanos al madridismo se le dejó de atacar. Todavía hoy en la contraportada de Marca siguen con la dogmática operación Futbulkampf.
Curioso sabio que, además de liderar un proyecto realmente imperial, debe lidiar con los malos becerros de la prensa. No sólo desde los medios culés, furibundos anti madridistas, sino desde los atléticos (curiosa existencia mediática, el dorado colchonelandiático). Pero lo más sorprendente era que desde el mismo madridismo se ha intentado dividir a la afición con opiniones de micrófono barato y estilográfica revenida. Se ataca al mourinhismo por ser proyecto del florentinismo, ese «ser superior», que podía esconderse bajo el manto del estoico Mourinho.
Recordemos que la crítica del estoico también tuvo que desbrozar de malezas el doble filo sobrecargado de pasiones poco nobles centradas en la falacia del señorío blanco. El presidente lo entendió rápido, y no digamos la afición. La crítica era estoica porque los oradores dominaban todos los oráculos, y los altavoces del Delfos antimadridista nos ponía a la afición merengue contra las cuerdas. El valor estoico de Mourinho será citado por los siglos de los siglos, pues el sanedrín mediático dictó sentencia.
En este sentido cabe recordar aquella especie de máxima de otro insigne estoico, emperador, nada más y nada menos, de Roma, hacia el siglo II d. C., en una de las épocas más gloriosas de la Historia: «Imperturbabilidad con respecto a lo que acontece como resultado de una causa exterior y justicia en las cosas que se producen por una causa que proviene de tí» (Meditaciones, Libro IX, 31).
Para otro célebre estoico, Panecio, el maestro de Posidonio, la politeia del sabio consiste entre otras cosas en encauzar los impulsos humanos en bien de la justicia en la sociedad. Mourinho mismo reclamaba haber vivido en «el siglo pasado», no por renegar de éste su moderno contexto histórico, sino por ser mucho más apto para hacer valer los valores personales, quien sabe si con un duelo, o dirigiendo los ejércitos que Patton o Zukov tuvieron que hacer.
Es evidente que el principatus, la fortaleza y el carácter dirigente que Panecio reclamaba como virtudes del sabio también se acercan mucho a las cualidades de Mourinho, ese líder que supo meter en cintura a Bencemá y deshacerse de los vicios que amueblaban la vida del vestuario blanco (recordemos los intolerables desplantes a Pellegrini, y que también él tuvo que torear a propósito del caso Ramos, y del famoso topo). Y ya sabemos que el habitus era una categoría aristotélica mucho más importante que una mera vestimenta, que de eso va el vestuario de un equipo de fútbol. De dar ejemplo, no sólo a los niños, sino a todos los ciudadanos, sean locales o sean rivales. Y para eso, sin saberlo, vino Mourinho, ese hombre que se pasa quince horas diarias entrenando a sus luchadores.
El sabio estoico propuesto por Panecio prefiere gobernar él ante el miedo a que lo haga alguien inferior, y en eso se acerca a las doctrinas platónicas. Donde manda patrón no manda marinero. Curioso dicho popular cuya etimología es la de la palabra griega kybernai, gobierno de un barco, que no quiere ser otra cosa que el origen de nuestra palabra gobierno. Yo pregunto, ¿qué es lo que hace Mourinho? ¿por qué protestan los orates ante el falsario y poco honesto concepto de «mourinhización»? El Madrid ha cogido rumbo, nunca mejor dicho, bajo el timonel lusitano. Recordemos la insigne tradición de navegantes que habita en la historia de nuestro querido Portugal.
No hace falta que la palabra filosofía llene la boca de nuestro hispano de adopción, sino que por el ejercicio sus valores se realicen a rajatabla las enseñanzas estoicas que otros sabios doctores han sabido ver. Estoico es el que se modera en el vestir ante las cámaras y se aleja de los vaivenes de las modas. Todos recordamos a Guardiola con la camisa por dentro y por fuera al mismo tiempo, y al figurín de sus chaquetitas y sus rebecas de diseño para un sólo día, con su bronceado y su barba de adolescente inmaduro con cuarenta años. Filosofo de boquilla, recordemos a Ibra. Acaso sea un ejercicio estoico vestirse con las ropas de su equipo y las del personaje de entrenador que le corresponde, pero si modulásemos el contexto histórico Guardiola sería como aquellos pusilánimes empolvados y engalanados de pelucones y lunares de pega, mientras que nuestro estoico acaso luciría su cabellera canosa y punto. ¿Acaso no se recuerda aquella presentación en un programa italiano donde, imperturbable, Mourinho soportaba los embelesos y las provocaciones de una exuberante bailarina medio desnuda? Yo lo recuerdo, y ya me sorprendió de aquella su talante.
Y aunque podríamos seguir sacando ejemplos y datos queremos dejarlo aquí. La pregunta es ¿cuál es el modelo a seguir?

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