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jueves, 9 de enero de 2014

El Padre Feijoo y la racionalidad de los animales

Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro nació en Casdemiro (Orense) el 8 de octubre de 1676 y falleció en Oviedo el 26 de septiembre de 1764. Se le considera como fundador del ensayo filosófico en lengua española y es sin duda el filósofo español más importante e influyente del siglo XVIII. Ingresó en la orden benedictina en San Julián de Samos (1690) y se doctoró en el convento de San Vicente de Oviedo, del que fue abad (1721-1729), además de ejercer como Catedrático de Teología en la Universidad de Oviedo. Fue maestre general de su orden, y Fernando VI le nombró miembro del Consejo de Castilla. A partir de 1726, inició la publicación de sus dos grandes obras enciclopédicas: Teatro crítico universal (9 volúmenes, 1726-1740) y Cartas eruditas y curiosas (5 volúmenes, 1742-1760), que conocieron numerosas ediciones y traducciones al inglés, francés, alemán, portugués e italiano, alcanzando el medio millón de ejemplares difundidos durante la vida del benedictino.

En uno de estos discursos del Teatro Crítico Universal, el Discurso noveno del Tomo Tercero, editado en 1729 y titulado «Racionalidad de los brutos», desarrolló toda una teoría de la racionalidad animal. El ensayo filosófico de Feijoo sobre la racionalidad de los brutos se divide en dos partes. La primera consiste en una defensa de las tesis de la filosofía escolástica, clasificando a diversos autores según reduzcan los tres principios vitales o tipos de almas (epythimia, psique y nous) a uno solo. Así, habrá quienes les conceden sensación y por lo tanto psique a las plantas, otros negarán sensación a los animales, con lo que los reducirán a pura vegetación (epythimia), como es el caso de Descartes y Gómez Pereira. Estos extremos se suponen viciados porque Feijoo, al modo escolástico, distingue tres tipos de alma vegetativa o epithymia, el alma sensitiva o psique y el alma racional o nous, correspondientes a los vegetales, los animales y el hombre, respectivamente. Así, si ciertos filósofos conceden sentimiento a las plantas, les habrán otorgado psique, vida psíquica, igual que a los animales, como Anaxágoras, Demócrito o Empédocles, llegando algunos, como Jerónimo Rorario, que incluso les concede mayor discurso que a los propios hombres.



Centrémonos no obstante en las tesis que mantiene Feijoo en la segunda parte de su discurso. Una vez expuestas las posibles opciones respecto a la racionalidad de los brutos, y teniendo el campo de estudio acotado en cuanto a las limitaciones y posibles errores, Feijoo comienza a teorizar sobre el asunto. Lo hace considerando que es más razonable mantener que los brutos tienen sentimiento y no discurso, pero sin negar la posibilidad de que realmente haya razonamiento en los animales. En cualquier caso, propone una serie de tesis, pero sin afirmarlas positivamente, pues le parece que la temática impide asentir sentencia alguna de modo firme, pues afirmar positivamente la racionalidad de los brutos obliga a explicar qué diferencia tienen respecto al hombre, el animal racional según la tradición aristotélica y escolástica. Así, Feijoo comienza esta Sección IV afirmando que hasta ahora los defensores de la racionalidad animal han aportado como pruebas positivas las operaciones de los brutos, pero sin dar una definición precisa: Plinio, Eliano, Mayolo, Alberto Magno, Nieremberg, Acosta, y otros antiguos y modernos los muestran capaces, casi sin excepción, de todo género de disciplina. Una vez desgranado y detallado este primer argumento, basado en las operaciones externas de los brutos, el benedictino formula la siguiente tesis:

«Supuesto esto, arguyo así lo primero. Hay en los brutos acciones que son efectos de alma más que sensitiva: Luego hay acciones que son efectos de alma racional. La consecuencia consta; porque no habiendo en la sentencia común, que impugnamos, más que tres clases de almas, vegetativa, sensitiva, y racional, así como la que fuere menos que sensitiva no puede ser más que vegetativa; la que fuere más que sensitiva no puede menos de ser racional. Pruebo, pues, el antecedente. Hay en los brutos acciones que son más que sensaciones, o de jerarquía superior a las sensaciones: luego son efectos de alma más que sensitiva. Consta también esta consecuencia, porque la causa no puede dar al efecto más de lo que tiene en sí misma; por consiguiente alma que no es más que sensitiva no puede producir actos que sean más que sensaciones».

Como prueba de esta primera afirmación, muestra las conductas de otros animales domésticos:

«El antecedente se puede probar en innumerables acciones de los brutos. Pero por ahora determino la prueba a aquellos actos internos con que se rigen a sí mismos en la prosecución del bien que aún no gozan, y en la fuga del mal que aún no padecen. Fabrica la ave el nido para tener morada; junta la hormiga grano para que no la falte el sustento; huye el perro por evitar el golpe que le amenaza. No me meto ahora en si en estas acciones obran formalmente por fin. Lo que pretendo sólo, y lo que no se me puede negar es, que cuando las ejecutan tienen alguna advertencia del bien que buscan, o del mal que evitan; y esta advertencia es quien los rige en los actos de prosecución, y de fuga. Si no tuvieran aquella advertencia, o se estarían quietos, o se moverían por puro mecanismo, como quiere Descartes. Digo, pues, que aquel acto interno de advertencia no es sensación, sí más que sensación, o superior a toda sensación. Lo cual pruebo así. La sensación no puede terminarse sino a objeto existente con existencia física, y real; sed sic est, que aquel acto no se termina a objeto existente con existencia física, y real: luego no es sensación. La mayor es evidente; porque no puede sentirse actualmente lo que actualmente no existe. Pruebo, pues, la menor. Aquel acto de advertencia, presensión, o previsión (llámese ahora como quisiere) se termina al bien que el bruto aún no goza, o al mal que aún no padece: luego a objeto que aún no existe».

De este modo, considerando estas pruebas de racionalidad, ni siquiera se puede explicar por medio de la voz instinto esas admirables operaciones, pues o bien esta voz designa operaciones relativas a lo sensitivo o a lo racional:

«Lo segundo, porque, o esta voz instinto se aplica al principio, o a la acción. Si al principio, pregunto: O este principio, que llamas instinto, es pura, y precisamente sensitivo, o más que sensitivo. Si precisamente sensitivo, no puede producir un acto, del cual tengo probado que es más que sensación. Si más que sensitivo, luego es racional; porque los Filósofos no conocen otro principio inmediatamente superior al sensitivo, sino el racional. Y si tú quisieres decir otra cosa, será menester que fabriques nueva Filosofía, y nuevo árbol predicamental».

Sin embargo, en la época de Feijoo aún no existía evolucionismo, pues el árbol predicamental de Porfirio, de géneros y especies fijos, inmutables, impedía la posibilidad de una teoría transformista similar a la que presentará Darwin en El origen de las especies en 1859. El propio Feijoo lo señalaba en su discurso «Hallazgo de especies perdidas» (Teatro Crítico, Tomo Sexto, Discurso Cuarto [1734]),  al afirmar que las especies animales están a cargo del cuidado de los ángeles, los más cercanos a Dios en la jerarquía cristiana, lo que impide su extinción, además de negar la abiogénesis, es decir, la generación espontánea, el crearse especies a partir de la nada.

Pese a que no existe en Feijoo una teoría de la evolución, sí existen otras manifestaciones doctrinales que se encuentran en la línea del darwinismo. La primera es la Fisionomía, disciplina surgida en el siglo XVII, popularizada por Le Brun y desarrollada por Lavater y sobre todo el jesuita Honorato Nicqueto, que supone que determinados efectos del cuerpo producen alteraciones del alma. Feijoo, en un discurso de 1733, titulado precisamente «Fisionomía», examina las expresiones de las emociones humanas, teoría que se acerca muchísimo a la que Carlos Darwin en su libro La expresión de las emociones en los animales y el hombre (1872).

De hecho, en el discurso consecutivo, «Nuevo arte fisionómico», señala el benedictino citando a Cicerón que «A cada movimiento del ánimo [...] corresponde su particular semblante, sonido, y gesto». Algo muy acorde con el discurso «Racionalidad de los brutos». De hecho, si los animales son seres dotados de voluntad e inteligencia, similares a los humanos, también habrán de ser capaces de mostrar los sentimientos de su alma en el exterior de su cuerpo. Así lo manifiesta en «Racionalidad de los brutos» Feijoo, cuando señala que dos gatos se amenazan, se nota cierto género de perplejidad sobre la acometida, de avanzada y retirada, que muestra los afectos de ira o miedo. Situación que señala Darwin precisamente a propósito de los animales que se encuentran en disposición de atacar a otros, erizando su vello corporal, enseñando los dientes, &c.

Esta concepción de la fisionomía se encontraría muy cerca de la que presenta Darwin en su obra sobre la expresión de las emociones, pues en ella se asocian las manifestaciones externas del rostro, la conducta observable en definitiva, con determinadas actitudes del sujeto. Así, es paradigmática la explicación que señala el fruncimiento del ceño como señal de reflexión, meditación o malhumoramiento. O las señales que indican rubor y vergüenza. De hecho, en la Fisionomía más convencional, existen cinco principios fundamentales: «El primero, la analogía en la figura con alguna especie de animales. El segundo, la semejanza con otros hombres, cuyas cualidades se suponen exploradas. El tercero, aquella disposición exterior que inducen algunas pasiones. El cuarto, la representación del temperamento. El quinto, la representación de otro sexo. de que los rasgos han de ser comparados en proceso analógico deductivo que relacione al hombre con los demás animales. Principios que se asemejan a los tres que en su día señaló Darwin:

1) De los hábitos útiles asociados, que dice que ciertas acciones complejas son de utilidad directa o indirecta en orden a aliviar ciertas sensaciones o deseos. Cada vez que se provoque ese estado de ánimo, la tendencia será realizar los mismos movimientos por el hábito, aun cuando no posean utilidad.
2) De la antítesis. Ciertos estados de la mente conducen a ciertas acciones habituales que son de utilidad, siguiendo el primer principio. Pero cuando se provoca un estado de ánimo directamente opuesto hay una fuerte e involuntaria tendencia a ejecutar movimientos de naturaleza del todo contraria, aun cuando no encierren utilidad alguna.
3) De la acción directa del sistema nervioso. Cuando el sensorio es excitado con intensidad se genera un exceso de fuerza nerviosa, transmitida en ciertas direcciones concretas según la conexión de las células nerviosas y el hábito. También puede suceder que interrumpa el suministro de fuerza nerviosa, lo que producirá efectos que reconocemos como expresivos.

De hecho, uno de los argumentos más llamativos para defender la existencia de discurso entre los brutos, quizá sea el que cita Feijoo en la Sección V de «Racionalidad de los brutos»: el caso de la deliberación que realiza el perro cuando se encuentra ante un cruce de tres caminos:

«En otra advertencia del perro, muy decantada sí, pero poco reflexionada hasta ahora, mostraré yo eficacísimamente que este bruto usa de discurso propiamente tal. Llega el perro siguiendo a la fiera, a quien perdió de vista, a un trivio, o división de tres caminos; e incierto de cuál de ellos tomó la fiera, se pone a hacer la pesquisa con el olfato. Huele con atención el primero, y no hallando en él los efluvios de la fiera, que son los que le dirigen, pasa al segundo; hace el mismo examen de éste, y no hallando tampoco en él el olor de la fiera, sin hacer más examen, al instante toma la marcha por el tercero. Aquí parece que el perro usa de aquel argumento que los Lógicos llaman a sufficienti partium enumeratione, discurriendo así: La fiera fue por alguno de estos tres caminos; no por aquél, ni por aquél: luego por éste».

Un razonamiento que, aun menor que el de los humanos, no puede obviarse. Tanta similitud encontró Feijoo entre hombres y animales, que se llegó a preguntar en una de sus Cartas Eruditas «Sobre si es racional nuestro afecto de compasión hacia los irracionales» (1750), y el benedictino señala que «en un corazón capaz de sevicia hacia las bestias no cabe mucha humanidad hacia los racionales. Ni puedo persuadirme a que quien se complace en hacer padecer un bruto, se doliese mucho de ver atormentar a un hombre». No obstante, Feijoo no llegó a los extremos del Proyecto Gran Simio que en nuestros días pide llevar «la igualdad más allá de la humanidad»: «Ya se ve que ya no estamos en tiempo de reducirnos a la dieta Pitagórica, o culpar el uso de las carnes en la mesa. Pero me duele, y me indigna ver, que haya hombres tan excesivamente amantes de su regalo, que por hacer un bocado de carne más delicioso, no duden de atormentar cruelísimamente antes de matarle al pobre animal, que les ha de prestar su regalo».

Una vez expuesta positivamente la doctrina que conjetura Feijoo, procede a exponer (Secciones VI a IX) seis argumentos contrarios a sus tesis, con sus correspondientes réplicas:

1) Entre los brutos todos los individuos de cada especie obran con uniformidad, y semejanza en todas sus acciones; y lo contrario sucedería si obrasen con elección, y discurso, como sucede con la especie humana. Sin embargo, el propio benedictino responde que existen distintos grados de mansedumbre, de sagacidad, etc., en los brutos, siendo los hombres capaces de mayor variedad de conocimientos y de virtudes, ya que abarcan no sólo a los bienes útiles y deleitables, sino también a los honestos, los relativos a la moral y propiamente humanos. Tesis que recuerda a la sostenida en El ente dilucidado (1676) por Antonio de Fuentelapeña.

El argumento principal contra la primera objeción Feijoo consiste en negar la autoridad de Santo Tomás:

«Aunque este argumento es de Santo Tomás, me parece se debe negar el asunto. Yo no veo esa uniformidad de obrar en los individuos de cada especie de brutos; antes sí se observan unos más que otros: unos más mansos, otros más fieros: unos más domesticables, otros más ariscos: unos más sagaces, otros más rudos: unos más tímidos, otros más animosos: generalmente no hay inclinación, o facultad en cuyo uso no se advierta alguna desigualdad en los brutos de una misma especie. Es verdad que no tanta como en los hombres; lo cual depende de la mucha mayor extensión del conocimiento de éstos, por el cual perciben más multitud de objetos, y un mismo objeto le miran a diferentes luces. El hombre distingue los tres géneros de bienes, honesto, útil, y delectable; y tal vez se deja llevar del honesto, tal vez del delectable; tal vez del útil. El bruto no percibe el bien honesto, y el útil le confunde con el delectable; y como éste sea uno mismo con corta variedad respecto de toda la especie, todos en sus operaciones miran a aquel bien sensible que los deleita».

2) Si los brutos fuesen discursivos, serían racionales: luego les convendría la misma definición que al hombre, animal racional. Sin embargo, Feijoo restringe la racionalidad animal a los argumentos a simili (por analogía una situación se parece a otra) y a sufficienti partium enumeratione (rechazados dos caminos, ha de ser el tercero el verdadero), siendo el primero el más común entre ellos:

«Distingo el antecedente: Serían racionales con racionalidad de inferior orden a la del hombre, concedo; del mismo orden, niego; y niego la consecuencia. El discurso del bruto es muy inferior al del hombre, tanto en la materia, como en la forma. En la materia, porque sólo se extiende a los objetos materiales, y sensibles; ni conoce los entes espirituales, ni las razones comunes, y abstractas de los mismos entes materiales. [...] En la forma también es muy inferior; porque los brutos no discurren con discurso propiamente lógico (hablo de la Lógica natural), ni son capaces de la artificial; porque como no conocen las razones comunes, no pueden inferir del universal el particular contenido debajo de él. Sólo, pues, hacen dos géneros de argumentos, el uno a simili, el otro a sufficienti partium enumeratione; pero el primero es el más común entre ellos. Por esto el caballo, si le dejan la rienda, se mete en la venta donde estuvo otra vez; porque de haberle dado cebada en ella, infiere que se la darán ahora. El gato, a quien castigaron algunas veces porque acometió al plato que está en la mesa, se reprime después, infiriendo que también ahora le castigarán, &c.».

3) Si los brutos fuesen racionales, serían libres, luego capaces de pecar, y obrar honestamente, lo que no es posible. A lo que el benedictino responde señalando que los brutos disponen de libertad física, al igual que los locos y los niños, pero no de libre arbitrio. 

Para refutar esta tercera objeción, distingue Feijoo entre la libertad física y la moral, siendo ésta la propia de los hombres, y la primera la de los brutos, los sonámbulos y los niños.

4) Si las almas de los brutos fuesen racionales, serían espirituales, y por consiguiente inmortales. A lo que responde Feijoo señalando que es posible la existencia de una sustancia que medie entre materia y espíritu, la que sería el alma de los brutos. Argumentación que recuerda a las tesis de Aristóteles acerca del segundo grado de abstracción. El Estagirita fue el primero que dividió las distintas disciplinas relativas a los cuerpos en físico-químicas y biológicas, según la teoría de los tres grados de abstracción, cuyo primer grado sería el movimiento, el segundo grado la matemática y el tercer grado el de las formas, las almas, consideradas como principios de los organismos vivientes. La Física (del griego physein, llegar a ser) sería concebida así por Aristóteles como ciencia del movimiento, dividida según las clases del mismo: el local o de traslación sería relativo a la Física de los cuerpos; el vital o cuantitativo, sobre el aumento y disminución, estaría incluido bajo el tratado del alma, y finalmente el movimiento de alteración sería el cualitativo, lo que correspondería con lo que hoy denominamos Química. Por lo tanto, según la argumentación aristotélica que utiliza Feijoo, el alma del bruto sería materia inteligible, del segundo grado de abstracción, es decir, material en tanto que forma que no puede separarse de la materia corpórea.

5) Si las almas de los brutos no son espirituales, son materiales, y si son materiales, no pueden discurrir, porque la materia no es capaz de discurso. A lo que responde señalando, según Santo Tomás y el predicador jesuita Pablo Señeri, que la espiritualidad del alma humana se demuestra sin remisión alguna al discurso. En todo caso, el hombre sería espiritual porque entiende las realidades abstractas, es decir, las matemáticas, la Filosofía, &c.

6) Las Sagradas Escrituras niegan entendimiento y razón a los brutos. Pero Feijoo responde a esta objeción que la lectura de la Biblia ha de ser alegórica, no literal, lo que sitúa las expresiones bíblicas como puramente literarias, no doctrinales.



Como añadido, en la Sección X y última indica Feijoo los argumentos a favor y en contra de la existencia de lenguaje en los animales. De inicio, el benedictino no reniega de la posibilidad de lenguaje articulado en los brutos, pues algunos, según señala, pueden articular voces, por escasas que sean:

«Digo lo segundo, que algunos brutos que tienen la lengua acomodada para ello, pueden por instrucción imitar las voces humanas. Esto se ve cada día en los Papagayos. Y otras aves son capaces de lo mismo, como el Cuervo, [...]».

Sin embargo, no duda en señalar que tales voces «no constituyen locución verdadera, o idioma propiamente tal», pues no son inventadas a arbitrio, sino inspiradas por la misma naturaleza y siempre de la misma forma. Asimismo, tales voces «son significativas de sus propios afectos, mas no de las cosas que perciben con los sentidos. La razón es, porque respecto de la multitud de objetos que perciben, es poquísima la variedad que notamos en su voz [...]. No niego por eso que las voces de los brutos, significando inmediatamente sus afectos, signifiquen mediatamente con alguna generalidad los objetos que mueven sus afectos; pero ésta no es locución, así como no lo es en nosotros levantar el grito cuando nos dan un golpe, aunque el grito, significando inmediatamente el dolor, signifique mediatamente el golpe que le ocasiona».

A falta de pruebas fidedignas para afirmar más concluyentemente, el Padre Feijoo tiene que detener su analogía entre el lenguaje humano y el animal: la ausencia de más elementos de análisis así lo aconseja:

«Si es posible, ya que no le haya de hecho, invención de idioma entre los brutos, es materia de discusión más larga; y ya este Discurso se ha extendido mucho».

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